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Biblioteca - Legado de Carlos Gómez Navarro

ACCIÓN DE GRACIAS

El saber —y los libros son el símbolo por antonomasia de acumulación y transmisión del saber— pertenece a la categoría de cosas que no alcanzan su verdadero ser sino cuando fluyen. Su fluencia, y no su oclusión o su estancamiento, parece condición indispensable para la expansión y conservación de lo vivo. Es un rasgo que el conocimiento misteriosamente comparte con otras realidades más visibles, verdaderas sustancias primordiales, símbolos potentísimos, como el oro o la sangre: que el movimiento forma parte de su naturaleza positiva, y retenerlos conlleva empobrecimiento y destrucción.


Pues bien, el lunes nueve de febrero de 2009, María Lina García Ortega, viuda de nuestro buen amigo Carlos Gómez Navarro, multiplicó esa capilaridad imprescindible para la buena circulación de los bienes materiales y espirituales que pueblan cada rincón del mundo. Con un gesto que rendía homenaje a una de las últimas voluntades expresas de Carlos, María Lina donó la biblioteca personal de su marido al Conservatorio Superior de Música de Málaga. Un tesoro de unos dos mil volúmenes que son un testimonio claro de la curiosidad intelectual, la amplitud de miras y la fidelidad en la vocación de quien fue siempre, por formación y por querencia íntima, filólogo, discípulo brillante de aquel maestro de maestros que fue Manuel Alvar López.


Somos lo que recordamos. Y somos también la manera en que se modula ese recuerdo, pues recordar es esencialmente un acto creativo. Así, tal vez sin saberlo, María Lina y Carlos han procurado un desenlace musical para esos millones de páginas impresas que han querido confiarnos. Decía María Zambrano que “la música es la diosa que sirve a la memoria”, y la memoria, “nodriza” y “madre del pensamiento”, es lo que esta donación en el fondo nos traspasa. Memoria viva que nosotros, a su vez, deberemos hacer circular.


No hay disonancia alguna en esta transmisión, en este engrosamiento. La palabra poética, de la cual esta biblioteca es un eco constante —porque testimonia de quien la amó profundamente, a ella y a sus disciplinas servidoras, como la Filología— es en sí misma también, como quería Zambrano, “memoria, rememoración, canto llano”.


Gracias, María Lina, por compartir la memoria de Carlos y la tuya con nosotros. Ahora que somos depositarios y transmisores de esa memoria; ahora que nos hemos concertado un grado más, por mor de vuestra generosidad, con esa ley de hierro, no escrita, según la cual todo lo que no se da, se pierde; ahora, pues, que nos habéis enriquecido con estas dos mil gotas de oro, de sangre, de recuerdos —pues la memoria es como la luz y el fluido vivificante de la conciencia—, queremos aseguraros, a Carlos y a ti, que vamos a cumplir el deber de custodiar esa riqueza compartiéndola, que vamos a ser, como él quería, un eslabón cabal en la aurea catena del conocimiento, y que este conservatorio, no hace falta repetirlo, es más que nunca lo que siempre ha sido, vuestra casa.

 

 

 

 

 

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